Aguanta, corazón.

Qué bueno que no soy Dios.

Qué bueno que no tengo la habilidad de juzgar. Seguramente cometería barbaridades enraizadas desde mi ego.

 Hay veces que me cansa ver tantas injusticias que a diario se viven. Algunas tan antiguas que pensamos que nunca se terminarán de arreglar. Algunas que te revuelven el estómago y te hacen hervir la sangre pero que, finalmente no tienes oportunidad -aunque quisieras- de hacer algo por evitarlas.

Qué bueno es Dios. Siempre nos da la oportunidad de volvernos de nuestros malos pensamientos y formas de vida. Enmarcó el cielo como diciendo: Sí hay esperanza, si continuas haciendo lo correcto.

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