Una historia de vida y no de muerte

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Una historia de vida y no de muerte, aún cuando pensábamos que fuera imposible.

Esa fue la declaración de toda nuestra familia al final de una nueva prueba por la que pasamos.

Fue tan grande y estrujante, que aunque ya pasó casi un año, apenas puedo compartirles un poco más lo que vivimos en esos meses.

Mi hermano sufrió un infarto cerebral llamado “isquemia cerebral”, el 16 de octubre del 2012.

Cuando recibimos la llamada para avisarnos casi a la medianoche, el corazón nos dio un vuelco.

Rápidamente, nos enfundamos en la primera ropa que pudimos y nos fuimos –literalmente- a pie a la clínica en donde estaba internado en cuidados intensivos.

Todo estaba bien ese día.  La situación comenzó cerca de las 21:00 hrs, después de haber platicado con él vía telefónica.  Empezó a sentir que su brazo le hormigueaba y lo primero que pensaron era la posibilidad de un segundo infarto al corazón.  Hasta que llegando al hospital, se confirmó lo que realmente le estaba sucediendo.

En la espera del hospital pasamos horas y días muy difíciles.  Aunque siempre la compañía de los amigos sinceros nos cobijaba, realmente el suelo se nos movió como nunca.  Mi mente se la pasaba hablando con Dios, pidiéndole fuerza para mi familia y para mí misma.

Intentaba no caer en el espiral sin fondo de la desesperación.

No quisiera perder el tiempo ni el espacio en este post  enfocándome solo en síntomas y detalles médicos, temores y desazón que no pesan tanto como lo que realmente fue importante: ver la mano de Dios en su vida NUEVAMENTE.

Como lo había compartido en mi post, esta vez, ¡una vez más!, Dios lo libró de una muerte segura y lo libró de secuelas que lo imposibilitaran de por vida.

De no poder caminar ni mover sus pies ni valerse por sí mismo, ni siquiera para vestirse, mi hermano tuvo una recuperación asombrosa en poco tiempo.

Un mes después del evento, en  noviembre precisamente, se encontraba muy  recuperado.  Recuerdo que le di muchas gracias a Dios la noche en la que, entre risas, alabanzas a Dios y sobre la cama en la cual él pasaba dolores físicos muy fuertes,  estuvimos jugando con las cartas del “UNO”, como si nada hubiere sucedido. Si cualquiera que no conociera la situación nos hubiera visto, no hubiera sospechado jamás la verdad de la situación médica que estábamos enfrentando.

Para diciembre de ese mismo año, mi hermano recuperó su condición casi al 100%, hasta podía manejar su auto y regresó a trabajar con normalidad.

Tenemos un Dios bueno y misericordioso.  Un Dios que está atento a nuestras oraciones y que busca por todos los medios redimirnos y que le conozcamos.  Estoy convencida que a pesar de esta prueba y todas las subsecuentes, y aun más, todas las que vinieren en estos tiempos, Dios ama mucho a mi hermano.  Sin comprender en su cabalidad Su plan, por ser tan alto, mi única petición es la de llegar a ser conforme a Su corazón y confiar como un niño en Sus promesas.

Saludos de Regiomont4na

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