Un mundo nuevo

Este ha sido un mes de muchas situaciones… buenas, malas, regulares… mes de ganancias y de pérdidas…. de grandes decisiones y de obvias decisiones.

Un mes para poner en orden cosas que se estaban desbalagando, que se salían de los límites, así como cuando usas jeans a las caderas y se te salta la lonja y luego pareces un “quequito”…. 

Demasiado qué pensar, qué analizar y qué cambiar. 

Poco qué decir en este momento, irónicamente.

Sé que cuando esté lista, podré compartirte un mundo que no conoces bien: mi mundo.

Estoy en modo crisálida, [a ver qué engendro sale del capullo]…

En realidad no importa, sé que soy yo 🙂

Abrazos.

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Memorias de una Andariega I

Desperté con el sonido de las olas azotando sus crespas en la arena.  “Un día más”, pensé.  Mi vieja brújula estaba rota desde algunos meses atrás y realmente me tenía inquieta seguir estancada en la misma posición. 

Me senté a la mesa e intentaba acercar a mis labios desteñidos un poco de café.  Quizá ese calor del instantáneo, podría hacerme calentar el hielo que cargaba mi alma, tiempo ha.

Una pregunta no cesaba de amartillar mi razón:

“¿Dónde estoy?”

Dejé el café a medias y me envolví en un suéter avinagrado; como quiera que sea, el fresco matutino erizaba mis poros sin compasión.

Me lancé a una caminata por la playa bordeada de espuma del mar. Sentir cómo mis pies descalzos se hundían en la arena fría incrementaba mi sensación de frialdad.  De algún modo buscaba que, lo natural me desconcentrara de lo cargaba en mi interior.

….tan sólo unos instantes.

Pronto descubrí que me había alejado demasiado de mi refugio, inmersa en mis pesares.  El sol comenzaba a calentar y ya no necesitaba traer puesto el suéter.  Lo quité y amarré a mi cintura.  Llegué a un punto en donde fue sorprendente ver que por un lado, el mar se avisoraba inmenso y por el otro, un desierto comenzaba robándose la vida, atragantándose las fauces del sonido … dejando sólo silencio.

No sé dónde estaba, ni sé por qué estaba así el panorama.  Sólo veía caminos.. muchos… insondables o aparentemente agradables; pero todos inciertos.  Largos que serpenteaban hasta perderse de vista; cortos que se apelmazaban contra varios, y finalmente no se entendía ni dónde empezaban ni dónde terminaban.

Disyuntivas… pensé.

Estaba sola, sin brújula, sin claridad, con un suéter viejo amarrado a mi cintura, descalza y con la sensación del hielo en mi interior rugiendo… ¿alguien podría tomar una decisión en esas circunstancias?

Caí de bruces, mientras mis dedos se hundían en la arena y lengüetadas del mar acariciaban mi pie.  “¿Dónde estoy?”  No sé cuánto tiempo estuve ahí, el tiempo era tan relativo en ese punto.

Una sombra cubrió mi rostro.  Al voltear el brillo del sol y la rapidez de mi sorpresiva visita me encandiló.  Me levanté y vi a un hombre diferente a la mayoría.  Tiernamente me sonrió y me preguntó : ¿en dónde estabas?

No podía decir una sola palabra.   En realidad yo no conocía a ese hombre, pero en mi interior algo se quebró con su pregunta.   Después de un rato en silencio, estáticos, regresé mi mirada al mar y musité:  No sé cuál es el camino.  Veo tantos y todos me aterran.  Mi brújula está rota y yo… comencé a llorar.

El me dijo: Lo sé.  Por eso, cada vez que no encuentras el camino, es entonces cuando Yo salgo a buscarte.  Yo soy el Camino.

La Andariega es un personaje que vive en mi y que vive experiencias tan hermosas que las considero dignas de ser contadas.

Deseando que mis pesares y aflicciones algún día reciban el alivio.  Con amor Regiomont4na

Cierra la boca

Hay veces que quisiera de una sola vez dejar  de controlar hasta el último segundo mi impulsividad de guardarme todo lo que llevo a cuestas, para poder decir todo lo que siento, sin sopesar previamente el resultado final de las palabras; sacar en palabras todo lo que se revuelve en mi mente, lo que desbarata mi corazón y apretuja mi estómago… pero simplemente no lo hago, porque quién sabe por qué recuerdo la enseñanza de que, la mayoría del tiempo es mucho mejor callar y serenarse que levantar la voz, en el momento más inapropiado.

Y tal vez, en este momento al escribir, “diciendo sin decir“, supongo encontrar un poco de escape a cada rabieta que llevo guardando, creyendo y  esperando que llegue el día en que me dejen de importar tanto las cosas y las personas.

“El dolor que no te mata, te hace más fuerte”.

Unas cosas

No sé si fue que la inspiración llega cuando se le pega su gana, independientemente de la hora y día de la semana, o el hecho de estar “bichosa”  – entiéndase, enferma- que me esté poniendo a escribir en la madrugada… o la suma de ambas condiciones.

Veo el viejo mueble de madera, ése que guarda no sólo cosas; también recuerdos, detalles, sentimientos.

Un librero es mucho màs que un espacio para guardar libros… algunos como el mío albergan muchísimas más cosas…. mira el libro aquél de la escuela, ese que contiene la clase más aburrida y finalmente, la que más me sirvió en mi trabajo.

Observa el llavero aquèl… llegó desde Irlanda, seguramente apretujado entre ropa sucia y nueva de la maleta de mi compañera de trabajo.

Los libros que compré impulsada por la emoción de aprender cosas nuevas: el libro de idioma alemàn y los muchos otros de la educación de la voz.

Rescata entre las formas, los mini globos metálicos que me recuerdan pasar un “feliz cumpleaños”, cubiertos de un polvo finísimo que el tiempo ha esparcido en ellos.

El libro prestado de mi amiga que se fue.  Los figurines que iban a ser un buen regalo pero que al fin y al cabo siguen esperando ser envueltos y entregados.

Tantas “cosas” envuelven las cosas, me dejan pensando que un librero marrón y viejo, es mucho más que un simple librero.

Hasta mañana.

Vasijas rotas

Estaba viendo en la web imágenes, cuando de pronto me aparecieron unas de cristales rotos. ¡Qué feo se ve!

Pero más feo se siente estar quebrado por dentro.

Me imaginé que todos los seres humanos fuésemos vasijas de cerámica o de barro.  Aparentemente muy resistentes, pero no.  Podemos tener fisuras o grietas.  También podemos causarnos grietas unos a otros.

Cada uno lleva en su interior la cuenta de sus grietas, de su dolor.  También, cada uno lleva en su interior la cuenta de quiénes han “agrietado” con sus modos, hechos y palabras.

Cuando quebramos una vasija que amamos, nos duele.  Intentamos repararla con un poco de resistol y cuando finalmente se seca,  sigue la grieta intacta.

Cuando lastimamos o somos lastimados, nos duele.  Intentamos reparar el daño con un “lo siento”, “perdóname”; pero la herida no siempre sana así.

Yo confieso que aún tengo rencores que no han sanado.  Lo noto porque  llevo la cuenta de quiénes me han herido.  Unos sin querer, otros, tristemente queriéndolo hacer con todo propósito.

Me enfrento a sus “lo siento”….  y no puedo responder.

¿Te ha pasado?

Vasijas lastimadas, tenemos una solución:  Dios sanando y restaurando nuestro interior.

Dejémos que El sea quien “en Su tiempo” haga lo necesario para volvernos nuevas vasijas.