Memorias de una Andariega II

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El  último atardecer juntos a la orilla de la playa, frente al vasto mar, después de haber pasado varios días desde que arribaron a Mazatlán, Sinaloa. Felices, pues eran recién casados.

Con su bañador puesto, sentados en los camastros del hotel, teniendo el mar a unos metros y llenándose los pies de húmeda arena.

Ella miraba el mar con una plenitud que la hipnotizaba.  Esa mañana había encontrado más conchitas y caracoles que los anteriores días.

Él no había visto jamás a alguien que disfrutara tanto el pequeño marco visual que juntaba la arena, el mar y el sol.  A sus ojos parecía una niña que exploraba y se regocijaba al sentirla tan suya.

No se parecía en nada a la mujer fuerte y segura de sí misma, que fue valiente mucho tiempo, cuando la adversidad arreciaba y pareciera que la destruiría con un golpe seco.

Cuando sus traspiés le truncaban la felicidad, él aparecía para apoyarla, para darle ánimo y respaldarla.  De la amistad surgió un cariño especial, hasta que ambas personalidades se atrajeron de tal modo, que terminaron frente al altar. Por eso estaban pasando sus momentos más dulces toda esa semana.

Sorpresivamente ella le pidió que le diera esa tarde para estar a solas.

Él pensó que se trataba de alguna especie de broma, pero se asustó cuando ella firme pero amable, le confirmó que quería estar sola unas horas.  No muy de acuerdo, él  la besó y decidió dejarla ahí, en la playa casi vacía. Regresó al cuarto de hotel con muchos pensamientos y dudas del comportamiento de su compañera. Se preguntaba si había dicho algo que hubiera molestado a su mujer.  Aunque ella ya le había dicho que no se trataba de ello, que era un favor especial.

Se quedó observándola ya desde el balcón de la habitación, ahí tan sola, tan frágil con respecto al mar, tan niña. Pero siempre guardado el espacio que  ella le había solicitado.

Ella estaba lista para el reencuentro.

Un tiempo atrás, unos años atrás, cuando su vida era un lío de adversidades, cuando parecía que la soledad del camino ya era insoportable, cuando casi perdía la razón por tantas injusticias, cayó de bruces hundiendo en la arena  sus dedos y preguntándose “¿Dónde estoy?”.

Fue cuando apareció aquél hombre diferente a la mayoría, aquél que le había sonreído y que pareciera que le tenía todas las respuestas necesarias.

Esa tarde tenían una plática distinta. Ahora no tenía preguntas ni llanto ni dudas ni rota su brújula, solo tenía agradecimiento con él.  – ¡Gracias por todo!, le dijo ella.

Sabía que vendrías, porque te enseñé el camino de la gratitud.

Sí, eres el Camino, la Verdad y la Vida.

Ella regresó con tanta dicha con su esposo y con todo el deseo de contarle que una vez más Dios había sido fiel.

 (La Andariega es un personaje que vive en mi y que vive experiencias tan hermosas que las considero dignas de ser contadas).

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Construimos muros desde el cielo hacia abajo

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Construimos muros desde el cielo hacia abajo, cada vez que olvidamos que existe un destino eterno para nuestras vidas.

Fuimos diseñados para ser felices, para volar, para gozar una libertad que a ratos se torna en libertinaje, y paradójicamente, esa clase de libertinaje nos va encimando cadenas, nos trunca el movimiento y nos rompe las alas.

Nuestros ojos pueden ver lo bello, nuestros sentidos se llenan de emoción vigorizante en cada paisaje, en cada flor, en cada camino.

Aún las tormentas, los valles, la oscuridad amenazante, tienen un dejo de belleza escondida, que nos vuelve sensibles al dolor, propio y ajeno. No hay mayor maestra que la Adversidad. Te fulmina, te acaba, te desmorona, y al final, te fortalece. No dudo que quizá por eso dicen los que sufren y que saben de estas penas, que si lloras en la noche que existe en tu vida, no podrás ver la luz de las estrellas que titilan y siguen ahí, alumbrándote.

Somos libres, pero nos atamos a crueles verdugos del carácter: pereza, envidia, egoísmo; por mencionar algunas que yo he vivido. No es juzgarte si me lees, es compartirte que existe y que hay que revisar bien adentro del corazón cómo estamos hoy.

Mi experiencia ha sido desde hace poco tiempo el confirmar que no sabes cuánto se puede amar, hasta que el amor que das sea sin egoísmo.  El amor se da, se entrega, no espera, toca con calma y es paciente a que otro corazón le abra las puertas.

Amar es felicidad.

Amar es libertad.

Amar es ser y dejar ser.

No hay cabida para el “a mi me gustaría que fueras…”, “me gustarías más si cambiaras esto de ti…”

El amor es muy vasto y ejemplificable en mil maneras, que no terminaría de darte ejemplos. Así que, me dediqué a escribir sobre el  amor más grande y que está personificado para mi: es Dios.

Aunque esté en el cielo, en los recónditos lugares del Universo,  en lo más alto, sublime y santo…. posiblemente “inaccesible” y entre más virtudes le buscas, más lejos quizás te sientas de Él,  lo increíble es saber que a pesar de tanta distancia,  ¡es amoroso!, que desde sus alturas viene y se pone a mi nivel para decirme: “Te amo.  No tengas miedo, todo tiene un propósito y el final que espero es de bien para ti.  Ahora no entiendes, lo que estoy haciendo en tu vida, solo te toca creer que Soy bueno y que hago maravillas y que busco hacer una obra eterna en tu corazón.”

¿Comprendes ahora? ¿Hemos construido muros del cielo hacia abajo? ¿O los hemos construido desde lo bajo, de nuestra pequeñez e incredulidad, hacia los cielos?

Cuando no hay muros. No hay obstáculos. No hay miedo.