Una época eterna

Se acerca una época donde abunda la fraternidad, bondad, una época en la que haces el recuento de lo que tienes, de lo que perdiste y de lo que quisieras tener.

Se acerca una época, que a mi punto de vista, debería extenderse durante los 365 días del año.

En todo lo extenso de un año se ama, se vive, se llora, se perdona.  No acalles tu conciencia con hacer el bien durante una época; mejor haz la diferencia con tu vida, un día a la vez  durante todo el año.

Les deseo felices fiestas a todos, fuera del relajo y de la pachanga, seas creyente o no seas, recuerda que este tiempo es una oportunidad para meditar y prepararse para el siguiente año con un plan de cómo hacer feliz a tu prójimo y cómo obtener tu propia dicha y armonía.

Recibe todas mis bendiciones, aférrate a la vida.

Con amor, regiomont4na

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El mejor otoño de mi vida

 

Cayeron las hojas; cayeron los miedos.

                                   Llovió como hace mucho no llovía; de pronto mi vida se volvió eso:  “vida”.

Brisa helada, sol tranquilo; alma renovada, corazón tibio.

 

                                    Y así fue el otoño en este año, en mi vida, el mejor, el menos pensado, el más disfrutado.

Una sombra, una figura de lo que mi alma escribiría.

Estas son mis letras

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“Estas son mis letras…” dijiste, y en un instante me adueñé de ellas.

Las letras salen de la mente, quizás desde un pequeño espacio que se conecta con el corazón.

Las letras tuyas, las mías, las letras de cada uno, revelan un mundo, una primavera, una ironía.

He leído muchas letras durante este breve tiempo en que he habitado el mundo, y ninguna amor mío, ha sido tan real, tan saliente del papel y tinta, que parece que respira y corre y grita y sonríe, haciendo fiesta y bailando alrededor de tu vida y la mía.

Letras que me hacen estremecer, cuestionarme y después caer de bruces creyendo sin lugar a dudas, que nuestra vida ya había sido escrita.

 

Te dejo mis letras, para que habites en ellas.

Memorias de una Andariega II

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El  último atardecer juntos a la orilla de la playa, frente al vasto mar, después de haber pasado varios días desde que arribaron a Mazatlán, Sinaloa. Felices, pues eran recién casados.

Con su bañador puesto, sentados en los camastros del hotel, teniendo el mar a unos metros y llenándose los pies de húmeda arena.

Ella miraba el mar con una plenitud que la hipnotizaba.  Esa mañana había encontrado más conchitas y caracoles que los anteriores días.

Él no había visto jamás a alguien que disfrutara tanto el pequeño marco visual que juntaba la arena, el mar y el sol.  A sus ojos parecía una niña que exploraba y se regocijaba al sentirla tan suya.

No se parecía en nada a la mujer fuerte y segura de sí misma, que fue valiente mucho tiempo, cuando la adversidad arreciaba y pareciera que la destruiría con un golpe seco.

Cuando sus traspiés le truncaban la felicidad, él aparecía para apoyarla, para darle ánimo y respaldarla.  De la amistad surgió un cariño especial, hasta que ambas personalidades se atrajeron de tal modo, que terminaron frente al altar. Por eso estaban pasando sus momentos más dulces toda esa semana.

Sorpresivamente ella le pidió que le diera esa tarde para estar a solas.

Él pensó que se trataba de alguna especie de broma, pero se asustó cuando ella firme pero amable, le confirmó que quería estar sola unas horas.  No muy de acuerdo, él  la besó y decidió dejarla ahí, en la playa casi vacía. Regresó al cuarto de hotel con muchos pensamientos y dudas del comportamiento de su compañera. Se preguntaba si había dicho algo que hubiera molestado a su mujer.  Aunque ella ya le había dicho que no se trataba de ello, que era un favor especial.

Se quedó observándola ya desde el balcón de la habitación, ahí tan sola, tan frágil con respecto al mar, tan niña. Pero siempre guardado el espacio que  ella le había solicitado.

Ella estaba lista para el reencuentro.

Un tiempo atrás, unos años atrás, cuando su vida era un lío de adversidades, cuando parecía que la soledad del camino ya era insoportable, cuando casi perdía la razón por tantas injusticias, cayó de bruces hundiendo en la arena  sus dedos y preguntándose “¿Dónde estoy?”.

Fue cuando apareció aquél hombre diferente a la mayoría, aquél que le había sonreído y que pareciera que le tenía todas las respuestas necesarias.

Esa tarde tenían una plática distinta. Ahora no tenía preguntas ni llanto ni dudas ni rota su brújula, solo tenía agradecimiento con él.  – ¡Gracias por todo!, le dijo ella.

Sabía que vendrías, porque te enseñé el camino de la gratitud.

Sí, eres el Camino, la Verdad y la Vida.

Ella regresó con tanta dicha con su esposo y con todo el deseo de contarle que una vez más Dios había sido fiel.

 (La Andariega es un personaje que vive en mi y que vive experiencias tan hermosas que las considero dignas de ser contadas).